Un país que ya no existe Pertenecemos a un país que ya no existe perdió sus valores, su palabra, su territorio verde, vendió la lluvia, dispersó la fe se hizo vacío, hipotecó su libertad, nunca logró su independencia. Voluntariamente, se llenó de traidores, de hijos de putas azules de cabrones, de vendepatrias. Los amigos no acompañan, se hicieron asesinos, la envidia reinó en territorio mezquino, de aplausos vanos. A mí me encumbró en mitos de glorias ajenas ya no encuentro mi cara ni mi nombre ni mi voz. Vivimos indiferentes que los dos hermanos de María Lourdes Cortés murieran de frente ante el perfil de su muerte uno metido en el sueño otro despierto en agudeces de defender lo propio. Ahora se llevaron a Parmenio con sus verdades al cementerio. ¿Qué nos espera cuando cada institución se derrumba? La respuesta es clara y sencilla: regresar a un país que ya no existe.
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